miércoles, 1 de junio de 2011

Señero



En un recodo de la vereda que se adentra por el olivar, un viejo cortijo en ruinas espera solitario el arribo de algún caminante. Conserva casi la totalidad de sus muros, pero las acometidas de la lluvia y el viento han derribado parte de la techumbre. Ante él me detengo, sus puertas abiertas me inducen a entrar y soy recibido en una gran estancia, donde una chimenea de campana y una escalera con peldaños desportillados rompen la monotonía del recinto. En sus paredes blancas, todavía azulea desteñida la cenefa que antaño las engalanó. Desde hace años, el silencio y el abandono ocupan el vacío que dejaron sus moradores. La vida ha huido de allí, pero intento hacerla regresar con ayuda de mi fantasía: hasta mí llegan imaginarias conversaciones de mujeres, voces de hombres, gritos de niños y risas de jóvenes; por un momento, la vida parece haber vuelto, pero solo me rodean viejas paredes cargadas de silencio.
Mientras me alejo, pienso en la gente que un día lo habitó: quiénes fueron, cómo vivieron, cuáles fueron sus ilusiones, sus amores, sus desengaños, sus fracasos, sus éxitos, sus alegrías, sus pesares…Vuelvo la cabeza y distingo entre los olivos el blancor de sus muros, únicos testigos de las historias allí vividas y cuyos secretos guardarán siempre celosamente entre sus piedras.