jueves, 28 de mayo de 2026

Lázaro de Tormes y los pícaros de la modernidad





El escrito de hoy versará sobre la novela picaresca titulada Vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, obra anónima publicada en el año 1554. En él intentaré establecer un paralelismo entre la figura del protagonista y el perfil de aquellos otros pícaros que tanto abundan en nuestro tiempo.
A lo largo de  mi vida, más de una vez me acerqué a los siete tratados de dispar extensión que componen la obra, pues, además de procurarme gran entretenimiento y diversión, nunca me separé de ellos sin haberme llevado valiosos conocimientos sobre la condición humana, ya que su lectura me mostró comportamientos de los que saqué aleccionadoras y provechosas enseñanzas.
Comencemos, pues, y comparemos a nuestro protagonista con algún pícaro de la modernidad, aunque prefiero que sea el lector el encargado de escoger a este último, pues seguro estoy de que no hallará dificultad para tal menester, por ser muchos los que prosperan en todos los ámbitos de nuestra sociedad.
El protagonista de nuestra novela es un desventurado llamado Lázaro, hijo de padres sin honra, natural de Tejares (aldea salmantina a orillas del río Tormes), el cual cuenta  en primera persona su vida miserable desde que nació hasta que se casó en Toledo, de manera poco honorable, con la criada de un arcipreste. Su existencia está llena de privaciones, hambre, egoísmos, explotación, engaños, burlas. A causa de su origen, es persona sin oficio ni beneficio, sin caudales, sin letras. Será criado de muchos amos: sucesivamente servirá a un ciego, a un clérigo, a un escudero… Su vida será con los distintos amos una constante pelea por algo tan viejo como la vida misma: el hambre. Ella será el motivo que impulsará sus acciones, será la musa que inspirará sus mentiras, sus tretas, sus engaños y, en definitiva, todos sus actos. Los amos a los que sirve son sus antagonistas que, mediante sus comportamientos, obstaculizan los propósitos y acciones de Lázaro encaminados a buscarse los medios para subsistir. Sus picardías son raterías de poca monta, todas ellas dirigidas a procurarse el sustento.
En  cambio, algunos de los pícaros modernos son  hijos de padres respetables, no han sufrido explotación, ni hambres, ni privaciones. Más bien todo lo contrario: de poco o nada han carecido y han llevado una vida confortable y llena de comodidades. Debido a su origen son personas de letras, con empleo, con posibles, con oficio. Dada su situación social, estos pícaros de la modernidad actúan movidos por motivaciones bien diferentes a las de Lázaro. La musa que guía sus acciones no es el hambre, sino un afán desmesurado por obtener riquezas para atesorarlas: la codicia. Se valen de sutiles estratagemas para  obtener provecho engañando a los demás y, de esta manera, agasajar y contentar a su musa.
Ya hemos visto cómo Lázaro desde niño tiene que servir a muchos amos con los que no consigue quitarse el hambre de encima; algunos pícaros de ahora, aunque resulte paradójico por el rango que ocupan en la sociedad, también son servidores, aunque de amos bien distintos: el amo al que todos ellos sirven es el dinero, su auténtico dueño y señor, y que en forma de presente ofrendan a su musa, la codicia, para complacerla y aplacarla.
La sociedad, conocedora de la calamitosa vida de Lázaro, el menguado botín obtenido con sus pillerías y, sobre todo, las razones que impulsan su comportamiento, no lo considera un delincuente y no insta a la justicia a que persiga sus fechorías. Es más, en muchos casos, sus víctimas suelen ser amos que lo explotan y lo tratan de forma despreciable, lo cual despierta cierta comprensión y hasta benevolencia para con él. En cambio, sus homólogos contemporáneos, sin escrúpulo ni miramiento alguno, engañan utilizando refinadas prácticas carentes de ética y moralidad. Como muchos son los perjudicados y cuantioso el importe de sus desmanes, grande es  el desprecio que promueven en la ciudadanía. A diferencia de Lázaro, que no constituye una amenaza para la sociedad, nuestros pícaros se han ganado el repudio y el rechazo de la misma, que urge a la justicia para que los persiga y condene por sus delitos, aunque dicho propósito diste mucho de verse cumplido.
La forma en que se nos revelan sus fechorías es bien diferente. Lázaro, sabedor de la insignificancia de sus trastadas, nos las cuenta él mismo; los otros, conocedores de la trascendencia de sus desmanes, callan.  Su privilegiada posición social hace que se consideren invulnerables pero, a veces, llega el momento en que lo oculto deja de serlo y su invulnerabilidad vulnerada, entonces negarán con tesón lo evidente.
Por último, ambos mudan de condición,  aunque de manera muy distinta. Lázaro consigue el cargo de pregonero gracias al arcipreste de la iglesia toledana de San Salvador, quien además le ofrece una casa y la oportunidad de casarse con una de sus criadas, con la finalidad de disipar los rumores que se ciernen sobre él, ya que era acusado de mantener una relación con ella. Sin embargo, tras la boda los rumores no desaparecen y Lázaro comienza a ser objeto de burla por parte del pueblo. Lázaro pierde su honorabilidad para convertirse en pregonero porque, por fin, este empleo lo va a liberar de las zarpas de su fiel e inseparable compañera: el hambre. Sus homólogos también sacrificarán su reputación y prestigio por convertirse en amos de lo que dueño ya tenía y, con las rentas de semejante negocio,  llevar una vida aún más próspera y regalada.
Aquí detengo estas divagaciones, no porque se hayan agotado, sino porque este artículo quebranta ya la norma que tanto elogia la importancia de la concisión...
 
 Notas: 1. Esta entrada ya se publicó hace más de una década. 
            2. La imagen se ha creado mediante IA.
          
 

lunes, 17 de noviembre de 2025

Otoño

                   



     
A ti, desdeñado otoño:

Hoy te dedico unas líneas a pesar de no ser el más querido de tu parentela o, quizás, tal vez por eso te las escribo.
A tu hermano el verano, la sociedad lo honra con su estima y favor. A él asocia diversión, viajes, ocio…, mientras que tú representas el remate de todo esto que en él nació. La primavera, tu única hermana, ha conquistado a los poetas, que siempre le han  dedicado desde los versos más ripiosos a los más excelsos poemas. La gente incluso ansía la venida de tu otro hermano el invierno porque, apenas ha nacido, le trae días de asueto y regocijo.
Pero yo te aprecio por restituir la belleza que el verano arrebató a la primavera, esplendor que logras devolver cuando tiñes de tonos rojizos los atardeceres, desnudas los árboles y con sus ropajes tapizas la tierra de ocres, pintas de verde los campos, y coloreas los bosques de amarillos y rojos. Con tu luz prodigiosa conviertes las tardes en algo sublime y hasta esos días que envuelves en una pátina gris no les falta encanto, pues sosiegan el espíritu e invitan al recogimiento y la reflexión…
Gracias por todo, amigo mío.


                                                                                                                                       Antorelo

domingo, 27 de octubre de 2024


 

 Paseo por Iznájar (Hisn-Ashar) 


Una soleada tarde de otoño, mientras conduzco por una carretera entre apacibles colinas revestidas de olivos, quedo impresionado por la visión de una imponente peña sobre la que se encaraman una monumental iglesia y una regia fortaleza medieval. Tomo el desvío que sube hasta el pueblo y estaciono en una plaza asomada a un bellísimo lago cuyas aguas azulean resplandecientes.

A pie, me adentro en una urdimbre de calles que, desparramadas caprichosamente sobre la ladera, configuran un intrincado ramillete de casitas blancas.

Mi deambular me lleva a un grácil y elegante jardín adosado a un muro de la iglesia: abrazados por un macizo de flores, cuatro frondosos naranjos y otros tantos bancos revestidos de azulejos se disputan el espacio. En uno de ellos, un señor lee absorto en un libro, le doy las buenas tardes y ocupo otro de los asientos vacíos. Aprovecho que mi vecino hace un receso en su lectura y le pregunto sobre las nobles edificaciones que nos rodean. Sus esclarecedoras e ilustrativas respuestas me indican que estoy ante la persona que mejor se aviene a colmar mi afán de erudición. Su notable cordialidad me anima a prolongar la conversación, mi interlocutor acredita un riguroso e inmenso caudal de conocimientos que comparte conmigo con largueza y afabilidad.

El avance de las sombras me indica que debo volver, tras agradecer a mi informador la amena y generosa ración de charla consumida, me despido de él y emprendo el regreso.

Es domingo por la tarde, las calles están vacías y calladas, asomado a una ventana un gato me mira con desdén, entre las esquinas corretea un vientecillo fresco, recias campanadas se descuelgan de la vieja torre… Una belleza desbordante cautiva el espíritu del visitante y lo incita a retornar a este pueblo blanco lleno de abrumador encanto.

                                                                                                  Antorelo


  • Iznájar es un pueblo situado en el sur de la provincia de Córdoba (España)

martes, 11 de julio de 2023

Políticos


El escritor José Martínez Ruiz “Azorín” publicó en el año 1903 la novela titulada Antonio Azorín, en la citada obra aparece recogida una “liviana fabulilla” titulada  El origen de los políticos, donde el autor fantasea sobre cómo surgieron tan egregios especímenes. He  aquí lo que nos cuenta el insigne autor en la citada fabulilla...
 
 Cuando Dios creó la especie humana, esta vivió contenta y satisfecha durante unos cuantos años. Sin embargo, poco a poco se fue entristeciendo: descubrió que el origen de sus males era la inteligencia, pues esta le mostraba lo insignificante que era el hombre en el Universo.
Entonces estas desdichadas criaturas le pidieron a Dios que se la quitase. Este se rindió a las súplicas de los hombres y les dijo que, hasta ahora, la inteligencia la habían llevado forzosamente en la cabeza sin poder separarse de ella; no obstante, de aquí en adelante, el que quisiera podría dejarla guardada en su casa y sacarla cuando lo desease. Así que, cuando las gentes volvieron a sus casas, se apresuraron a guardarla cuidadosamente en cajones y armarios.
A partir de entones, unos la sacaban de vez en cuando, en cambio, otros no la sacaban nunca porque nunca la habían tenido, pero estos se aprovechaban de la ordenanza divina para fingir que la tenían. Cuando alguien les preguntaba en la calle por ella, respondían sonrientes: “La tengo bien guardada en casa”.
Esta sencillez y modestia encantó a las gente, y la gente llamó a estos hombres políticos. Poco a poco, estos hombres fueron ganando la confianza de todos y en sus manos se confiaron los más arduos negocios humanos, es decir, la dirección y el gobierno de las naciones. Así transcurrieron muchos siglos y, como al fin todo se descubre, las gentes cayeron en la cuenta de que estos buenos hombres no llevaban la inteligencia ni la tenían guardada en la casa. Entonces pidieron que se restableciese el uso antiguo, pero ya era tarde: la tradición estaba creada, el perjuicio se había consolidado y los políticos llenaban parlamentos y ministerios…
 
Ciento veinte años han transcurrido desde que se publicó esta obra y muchos son los cambios que se han producido en el mundo durante ese tiempo, sin embargo, poco o nada ha cambiado el concepto que gran parte de la ciudadanía tiene sobre los políticos y si alguna mudanza hubo en su conceptualización fue, sin duda, a peor...



 

lunes, 26 de junio de 2023

La merienda


Por aquellas fechas Pablito tendría unos diez años y vivía en Madrid, al comienzo de cada verano su madre y él aparecían por el pueblo acompañados de una corte de sirvientas. La casa de su abuela, donde se alojaban, tenía un inmenso huerto surcado por numerosos senderos y acequias. Después de la siesta, Mariano, Curro, Antonio y yo nos reuníamos con él para jugar en aquel paraíso: corríamos por las veredas, chapoteábamos en las regueras o, a veces, trepábamos a los árboles; mientras nos aplicábamos a la escalaba arborícola, Pablito, poco avezado en acrobacias simiescas, nos observaba con una mirada mezcla de envidia y admiración.

Alrededor de las seis una sirvienta le traía la merienda, casi siempre un buen trozo de bizcocho espolvoreado con azúcar y canela. A Curro no le faltaban ganas de hincar el diente a tan apetitoso bocado, aunque no sabía cómo llevar a cabo tal empresa sin que su dignidad sufriese menoscabo alguno.
Un día que íbamos a cruzar una acequia, propuso a Pablito subirlo a cuestas para que no se mojase. Nos extrañó este arranque de altruismo, pues Curro era poco dado a esfuerzos y sacrificios. Tres o cuatro veces se volvió a repetir la generosa acción y Pablito le tomó querencia a estos paseos ecuestres.
A los pocos días, Curro hizo coincidir la clase de equitación con la hora de la merienda: cuando el jinete montó a la grupa del corcel, al pasarle los brazos sobre los hombros, el bizcocho vino a caer justo delante de la boca del niño caballo. Pocos pasos había dado el rocín cuando el caballero fue desposeído de una buena porción del sustento que en la mano llevaba. Pero ya era tarde: en Pablito se había despertado el espíritu caballeresco y paseos hubo durante casi todo el verano; eso sí, a partir de entonces, cabalgada y merienda siempre galoparon juntas.
Días hubo en que el afán por una cabalgada más duradera, Pablito, para alegría de su madre y de su rocín, pidió una segunda merienda, que en buena parte fue embaulada por su cabalgadura. De esta manera, Curro consiguió como caballo lo que no había logrado como caballero.

Una tarde la madre de Pablito y una amiga estaban sentadas en un banco de piedra a la sombra de un árbol, al pasar oí que decían:
-Desde que estamos aquí lo bien que come Pablito, muchos días merienda dos veces.
-Es que nada hay tan saludable como los aires del pueblo para despertar el apetito- comentó su amiga.
Y también los paseos a caballo- pensé yo.



 

viernes, 23 de abril de 2021

De amores y desamores

 

Hace tiempo que se  consumieron nuestros amores, sin embargo, y a pesar de los muchos días transcurridos, recuerdo con frecuencia aquellos momentos en los que el desafecto jugó un papel tan destacado en nuestras vidas. A pesar de este innegable fracaso, durante unos años vivimos muy compenetrados: yo había encontrado en ti lo que buscaba y, al mismo tiempo, te ofrecía todo lo que tú deseabas.

Lamento hoy no haber contestado a tus angustiosas llamadas, ni haber leído ninguno de los mensajes que me enviaste, pero la situación era la que era: me sentía atrapado por ella, que me prometió traerme el cielo a la tierra, aunque este jamás de se movió de su sitio.
Hoy en la distancia, sé que me dejé arrastrar por proposiciones más quiméricas que reales.  A pesar de todo, estoy seguro que si intentase volver a ti, me aceptarías, aunque las condiciones de hoy serían muy distintas a las de entonces. Instalado en la seguridad que dan las experiencias vividas, sin rubor alguno confieso que tú has sido la operadora de telefonía que mejor me ha tratado y menos ha quebrantado mis caudales, eso sí, hasta este momento...

jueves, 2 de julio de 2020

Barbarismos


La lengua no es un compartimento estanco, sino algo permeable a las influencias externas. El préstamo léxico es el fenómeno lingüístico más común y acudimos a él por diversas razones; fundamentalmente, cuando tenemos la necesidad de nombrar objetos, conceptos, lugares, etc. que son nuevos para nosotros.
El intercambio de palabras entre lenguas distintas ha existido desde siempre. Lo que ha ido cambiando a lo largo del tiempo es la lengua que exporta sus términos. Por diversas razones (históricas, políticas, sociales, económicas…), en un momento dado, una lengua alcanza un prestigio que no tienen otras.
Cuando una lengua goza de gran estima, todos se arriman a ella con la esperanza de que se les pegue un poco de su distinción. Algo parecido deben pensar bastantes periodistas, presentadores de televisión, profesores, locutores de radio y muchos de los que se asoman a estos medios ya que, esperando adquirir algo de prestigio, disparan sin piedad vocablos ingleses en sus intervenciones.
Esto mismo vivió Cervantes en sus tiempos cuando, en una de sus novelas, censura a ciertos romancintas que en sus conversaciones intercalan algunas palabras en latín dando a entender, a los que no lo saben, que son grandes latinistas. Asimismo, critica a algunos imprudentes que, sabiendo latín, lo utilizan con los que lo desconocen. Concluye el insigne novelista que tanto peca el que habla latín delante de quien lo ignora, como el que lo emplea ignorándolo.
De lo anterior, podemos colegir que estos pretenciosos comportamientos se han mantenido inalterables a través de los siglos... 


domingo, 31 de mayo de 2020

Un invitado burlado

                                            
         
                                                           
No ha mucho tiempo, un antiguo vecino, al que llevaba una larga temporada sin ver, me invitó a su nueva casa. Al principio, intenté eludir su propuesta, pero insistió tanto que hubiese sido desconsiderado rechazarla. Así que, el día convenido, acudí a la cita. Cuando llegué, un nutrido grupo de invitados departía en torno a unas mesas ataviadas con un generoso y selecto surtido vianderil. Exquisitas provisiones y una charla distendida contribuyeron a que a que la velada fuese reparadora y, al mismo tiempo, entretenida.  A una hora discreta quise retirarme, pero los anfitriones me retuvieron con la excusa de que una grata sorpresa nos esperaba. Este invitado, que recela de las sorpresas y mucho más cuando le dicen que son gratas, intuyó que algún funesto acontecimiento se avecinaba. Y no se equivocó: la anfitriona nos amenazó con la proyección del reportaje de boda de su hija. Pensé, iluso de mí, que el documental duraría a lo sumo una hora, pero erré estrepitosamente mis cálculos: durante casi tres horas desfilaron ante mi vista: novios, padrinos, invitados, camareros, platos… Mi exvecino y su señora, como buenos anfitriones, iban explicando todo aquello que nuestros ojos veían: cargo o profesión de los invitados de más alcurnia, esclarecimiento de los estrafalarios nombres de algunos platos, peso y dimensiones de la gigantesca y desgarbada tarta, marcas de vinos y licores, etc. Concluida la proyección, mi exvecino, con gran amabilidad, me pidió el parecer sobre el acontecimiento visto, y yo, con no poco disgusto, se lo tuve que dar, pero la cortesía me obligó a decir justo lo contrario de lo que pensaba. Este, halagado con mis hipócritas alabanzas, me invitó a una próxima velada en la que podríamos disfrutar de un magnífico reportaje sobre el viaje de novios. Sin saber muy bien qué contestar, me despedí dándole las gracias y renegando de mis lisonjeras y farisaicas palabras…

viernes, 22 de noviembre de 2019

Pinceladas



Un puñado de vibrantes campanadas se descuelga de la vieja torre rompiendo la quietud de la noche. Una luna tímida porfía por asomarse entre las nubes sin conseguirlo. Recios goterones golpean los cristales de mi ventana. Ráfagas de viento se llevan hojas de los árboles y, tras un efímero vuelo, caen esparcidas por el suelo. Bajo la luz incierta de las farolas, resplandece mojada la calle.
Un gato aprovecha que la lluvia se ha ido y atraviesa sigiloso el tejado de la casa de enfrente. A lo lejos se oye el ladrido lastimero de un perro. Un hombre cruza presuroso la plaza perseguido por el eco de sus pisadas.
De nuevo regresa la calma: nada de oye, nada se mueve. El silencio se adueña de las calles de este pueblo blanco, que dormita recostado sobre las faldas de una sierra seductora y sorprendente.



martes, 23 de abril de 2019

Memorias de don Príapo Rijosán



Antes de nada, permítaseme que me presente: Príapo es mi nombre y Rijosán mi apellido. Soy el apéndice viril de don Tomás S. y toda mi vida he trabajado con él como agente ejecutor de sus actos carnales.

 Hoy, con el paso de los años, cuando la holganza ocupa gran parte de mi tiempo por ser escasa la faena, acuden a mi memoria episodios de los que me gustaría dejar constancia en estas mis memorias. Hecho este esclarecimiento, relataré aquella primera andanza de cuando, todavía, Tomasito llamaban  a don Tomás.

En aquella época, Margarita y Tomasito llevaban casi dos años prometidos, sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, aún no habían gozado de práctica fornicatoria alguna. Doña Julia, madre natural de Margarita y política de Tomasín, dispuso que dos de sus fámulas, acreditadísimas carabinas, en ningún momento perdiesen de vista a la desdichada pareja. Expertas en el arte del camuflaje, nada escapaba a sus adiestrados sentidos y, por si esto no bastaba, eran además incorruptibles, ningún intento de soborno prosperó con ellas, aunque sé que bastantes hubo. Señalo esto, para que el lector se haga cargo del vivísimo encendimiento que sufría la pareja provocado por dieta amatoria tan duradera.

En esas estábamos, cuando una tarde, por razones que no merecen ser referidas, los jóvenes lograron romper el cerco carabineril. Pasos sigilosos, susurros, puertas que se cierran, risas, caricias, ropas de caen, cuerpos desnudos… Ese día, por fin, conocí a Margarita. Me miró un momento sonriendo y me saludó con la mano. Después, tras una variada gama de posturas, quedé colocado ante una boca velluda dispuesta de manera vertical. Su proximidad me produjo gran inquietud, pues temía que dos pares de temibles colmillos me estuviesen acechando detrás de aquellos labios embigotados. En estas turbadoras cavilaciones andaba, cuando me sobresaltó la voz asargentada de Margarita.

--Tomasito, así, ni hablar. ¡Ni se te ocurra!

--Vale, como tú digas —contestó resignado el joven.

Con gran premura, Tomasito me vistió con una especie de saco que me cubría de la cabeza a los pies. Dentro de aquella agobiante túnica oía poco y veía menos.

A pesar de mis protestas, me condujeron a la entrada de aquella gruta inquietante y desconocida para mí. Dominado por un miedo paralizante, fui obligado a entrar en aquel aposento oscuro, húmedo y desdentado, debo señalar que esto último me procuró algo de alivio y sosiego. Ya me estaba aclimatando a aquella misteriosa y solitaria estancia cuando, de repente, fui arrojado de allí sin contemplaciones para, a continuación, hacerme entrar de nuevo. Estas maniobras resultaban gratas a la pareja y se aplicaban con entusiasmo a ellas incrementando cada vez más la velocidad. Llegó un momento en  que ignoraba si iba o venía, si estaba a sol o a la sombra, si subía o bajaba. Este galopante vaivén me produjo un intenso vértigo que me hizo vomitar. Después del percance, sufrí un desfallecimiento. El incidente trajo gran sosiego a los amantes, inmediatamente fui despojado del batín, duchado y olvidado, todo casi al mismo tiempo. Ajenos a mí, la pareja reposaba tranquila, mientras, yo trataba de recuperarme del gran decaimiento que me embargaba, solo los disonantes y extemporáneos ronquidos de Tomasito rompían aquel apacible silencio…

domingo, 25 de noviembre de 2018

Yubito







La palabra Yubito bien podría servir para nombrar a algunos de los variopintos animales que en estos tiempos son adoptados como mascotas. Sin embargo, no es bautizar gatos, ardillas, lagartos o loros la misión encomendada a este vocablo en el presente escrito, sino otra bien distinta. Veamos, pues, cuál es la tarea que le ha sido confiada.
Hace unos días, mientras aguardaba mi turno para ser atendido en una oficina bancaria, una señora también esperaba con un niño pequeño sentado en un carrito. El chiquillo reclamaba una y otra vez que le diesen a Yubito, pero como la madre desatendía su demanda, este, haciendo alarde de una prodigiosa garganta, comenzó a chillar, berrear, gruñir, aullar y, por momentos, creo que incluso llegó a barritar. Algo sorprendido por tan inesperado como estruendoso concierto, intrigado pregunté a la señora por tal deseado personaje. Algo desconcertada, me contestó que Yubito era el móvil, que así lo llamaba el niño porque ella se lo daba con frecuencia para entretenerlo viendo vídeos en Youtube, pero que se negaba a entregárselo porque en el último mes le había roto tres pantallas. Ante argumento tan "rompedizo", nada supe o quise objetar.
Entretanto, continuaba el recital al que se iban incorporando nuevas voces del elenco faunístico. El publico, mientras soportaba resignado la ampliación del repertorio, centraba su atención en el concertista y se preguntaba con desesperanza cuándo sería ejecutada la última pieza. La madre, percatada de la situación y arriesgándose a tener que comprar una nueva pantalla, con más bochorno que convencimiento, por fin entregó a Yubito, para gran regocijo del artista y no menos alivio del auditorio.


lunes, 30 de mayo de 2016

Siseo


El lance que voy a referir lo presencié hace unos días mientras paseaba por una calle de cierta ciudad cuyo nombre no viene al caso. Delante de mí caminaba una señora joven con su hijo de cinco o seis años. De improviso, el niño emprendió una veloz carrera, la madre, muy fina ella, con voz melosa casi le imploraba: ¡Ricardín, stop! Ricardín, stop! ¡Ricardín, stop! El chico, ajeno a tan extravagante mandato, prosiguió con su galopada. La señora, al ver que sus órdenes no eran obedecidas en inglés, pasó a darlas en español: ¡Ricardín, párate! ¡Ricardín, párate! ¡Ricardín, párate! Pero tampoco el español era capaz de detener la vertiginosa huida del zagal. Viendo la buena mujer que las lenguas de Shakesperare y Cervantes juntas eran incapaces de sujetar al desenfrenado Ricardín, se lanzó al galope detrás del chiquillo hasta alcanzarlo, algo que le costó no poco tiempo y esfuerzo, además de que un inoportuno traspiés a punto estuvo de estrellarla contra una farola.

La visión de espectáculo tan esperpéntico me retrotrajo a mi infancia, donde las madres de aquella época, en estas o parecidas situaciones, apenas utilizaban palabras, y mucho menos en inglés, sino que recurrían al universal, polivalente y, sobre todo, eficaz siseo, que unas veces te obligaba a abandonar lo que estabas haciendo y otras, en cambio, te disuadía de acometer cualquier empresa prohibida. Por la cuenta que le traía, el receptor debía interpretar correctamente el mensaje que venía envuelto en el siseo y enseguida actuar en consecuencia, pero hoy los tiempos ya son otros y aunque a veces las órdenes se impartan en más de un idioma, su cumplimiento resulta con frecuencia harto dudoso...


lunes, 4 de abril de 2016

Algarabía


Cierto día ya lejano en el tiempo, oí referir a un anciano de este lugar que la política es como una pocilga con seis comederos y, permítaseme el eufemismo, doce representantes del ganado porcino: seis de ellos comen y los seis restantes gruñen a los que se dedican a comer. Si damos por válido tal aserto y lo aplicamos a la situación política actual, constatamos que el resultado de las últimas elecciones a nadie aseguró comedero alguno, motivo por el cual, en vez de seis, son doce los que, desde tal día, se ejercitan con ardor en la práctica del estridente arte del gruñido.
Viendo  cómo se desgañitan nuestros insignes representantes, me apena en gran manera que las urnas hayan frustrado su desmesurado afán por conseguir el bien para los ciudadanos o, a lo mejor, tanta algarabía solo sirve para camuflar intereses personales o partidistas. ¡Quién sabe…!


jueves, 31 de diciembre de 2015

Felicitación


Si fuese poeta escribiría unos versos, pero nunca me sentí con capacidad para desempeñar con solvencia tal menester. Por ello, como postal de felicitación, he escogido esta florecilla de pétalos aterciopelados y brillantes. Se llama Anchusa azurea, y aunque su menguado tamaño le resta vistosidad, no se le puede negar belleza, singularidad y distinción. La foto la hice la pasada primavera pasada y es posible que alguno de ustedes haya reparado en ella. 
Mis mejores deseos, pues, para todos aquellos que leyeron este blog, lo comentaron o hicieron ambas cosas: que disfrutéis de un venturoso Año Nuevo. Sean felices o, al menos, inténtelo…



lunes, 30 de noviembre de 2015

Alertas



De un tiempo a esta parte, atravesamos un periodo jalonado de situaciones harto complicadas (crisis, atentados, catástrofes paro…) que generan inseguridad y esta, a su vez, en ocasiones provoca miedo en la población. Este último es inherente a la condición humana y está presente en todas las etapas de nuestra vida: en uno u otro momento, hemos sentido o sentimos miedo a la obscuridad, a la soledad, al sufrimiento propio o ajeno, a la enfermedad, al fracaso, a la muerte... Sin embargo, este sentimiento, que en un principio podría parecer como algo negativo, no es más que la respuesta del organismo, desarrollada a lo largo de la evolución, para sobrevivir: aquellos seres vivos que reaccionaron rápido ante un peligro, sobrevivieron y se reprodujeron más. No obstante, conviene señalar que gran parte de nuestros miedos son el resultado de nuestra tempestuosa mente.
Asimismo, los miedos sociales (enfermedades, paro, terrorismo, crisis, guerras…) son contagiosos y se extienden con facilidad entre los grupos de la sociedad. Estos miedos, aunque reales, se ven alimentados por la continua afluencia de noticias desastrosas que nos lanzan los medios de comunicación y los políticos. Esto crea una sensación de angustia generalizada que hace al grupo susceptible de manipulación. Sirva como ejemplo de la anterior afirmación un hecho constatado en los últimos años: el miedo a perder el trabajo o a no encontrarlo ha propiciado que la sociedad acepte sin rechistar drásticos recortes sociales y laborables.
Por otro lado, muchos investigadores sostienen que, en las últimas décadas, nuestra valoración de posibles riesgos ha entrado en una fase de confusión porque, de pronto, los riesgos que identifica nuestra estructura cerebral por la experiencia evolutiva compiten con ingentes informaciones de nuevas amenazas. La zona de cerebro encargada de la alerta ante los primeros signos del peligro se siente hoy desbordada por riesgos que son simplemente anunciados en imágenes aireadas por los medios de comunicación; en cambio, otros riesgos más reales como la conducción de automóviles, la comida basura, el abuso de medicamentos o las radiaciones de ordenadores y teléfonos móviles son infravalorados. En definitiva, tenemos más miedos que nunca, pero en las direcciones equivocadas y despreciamos los auténticos peligros para nuestra vida. Muchas personas sienten pánico cuando ven un saltamontes, en cambio, son capaces de subirse en un automóvil con total tranquilidad, a pesar de la altísima tasa de muertes ocasionadas por accidentes de tráfico.Y, que yo sepa, nunca persona alguna fue devorada por un saltamontes, en cambio, la carretera sí lo hace todos los días.
De acuerdo con lo anterior, podríamos plantearnos que si las estructuras cerebrales encargadas de alertarnos de los peligros externos no realizan adecuadamente la tarea encomendada por el proceso evolutivo, sin duda, en el futuro seremos mucho más vulnerables. El tiempo responderá a esta y a otras muchas cuestiones…

martes, 22 de septiembre de 2015

Juan de Elena


Juan de Elena, personaje real que vivió en la segunda mitad del siglo XIX, fue un hombre de aguda inteligencia, instruido, ocurrente, cordial y, sobre todo, con una desmesurada querencia a la holganza. Durante toda su vida puso a  trabajar al mucho ingenio que tenía para no tener que hacerlo él. Este le procuró las más inauditas colocaciones, aunque poco le duraron por la mucha estima que profesaba a la gandulería.
En cierta ocasión, ingresó de lego en un convento con el único propósito de comer sin trabajar durante algún tiempo. Un día le ordenaron que plantase lechugas en el huerto, fray Juan, para que no le volviesen a encomendar faena tan engorrosa, las ponía con la raíz para arriba y las hojas para abajo.
Un fraile que por allí pasaba, al contemplar aquella insólita plantación lechugueril, se dirigió presuroso al extravagante hortelano.
- Hermano Juan, está usted poniendo las lechugas al revés.
- Padre Luis, a Dios querer nada es imposible. ¿Acaso duda su paternidad del poder omnímodo del Altísimo?
Ante argumento teológico tan categórico, nada supo objetar el pobre fraile.
Desconocemos lo que dispuso el Altísimo sobre las lechugas plantadas por fray Juan, sin embargo, sí sabemos que nuestro protagonista salió del convento como lo hicieron Adán y Eva del paraíso.
Muchas otras ocupaciones le procuró su ingenio, pero desengañado este porque todos sus esfuerzos resultaban baldíos, decidió casarlo con una maestra, provechoso negocio que le permitió disfrutar de una placentera holganza durante el resto de su vida… 

lunes, 10 de agosto de 2015

¿Para quién escribimos?



No es fácil vislumbrar cuáles son los motivos que impulsan al ser humano a escribir: unos convierten el folio en confidente y, sabedores de su discreción, lo hacen partícipe de sus sentimientos y pesares; otros, en cambio, prefieren airear lo escrito para buscar el elogio, alcanzar notoriedad, ganar dinero o procurarse entretenimiento. Sin embargo, todas estas razones resultan baladíes si las comparamos con la principal: cada uno escribe para el crítico que lleva dentro. Porque en cada individuo que se dedica a labores de escribanía conviven dos personajes bien diferentes: el escritor y el crítico. El primero crea; el segundo mejora lo creado o, al menos, lo intenta, aunque no siempre lo consiga.
Quiero hoy referir algunas peculiaridades de mi inapreciable socio, sin cuyo plácet nada ve la luz. El carácter veleidoso de mi ilustre colaborador condiciona en ocasiones el rigor de su tarea. A veces, se convierte en un implacable y despiadado censor que pone en entredicho todo cuanto le presento y, por mucho que lo depuro, nada encuentra aprovechable. Otras, en cambio, se muestra algo más condescendiente y tolerante –hoy creo que es uno de esos días, pues a estas alturas algunas líneas ya estarían suprimidas-. Me aprovecho pues de esta efímera condescendencia para señalar otra de sus bondades: una acusadísima y desproporcionada querencia a la holganza, que no le permite corregir más de una entrada al mes, circunstancia esta última que explica el menguado número de escritos que aparecen en este blog, pero tampoco es cuestión de quejarse en demasía porque, al fin y al cabo, su trabajo me lo hace siempre gratis…

lunes, 20 de julio de 2015

Homenaje


En los albores del siglo pasado, don Gregorio Aladrén ejerció la medicina durante algunos años en una importante población cuyo nombre, aunque sí lo recuerdo, no desvelaré por no ser necesario para el desarrollo de esta historia. Era don Gregorio médico muy entendido, ya que atesoraba en su mente innumerables conocimientos para combatir con suma eficacia gripes, sarampiones, cólicos y otros achaques propios de nuestro organismo.
Gran contento tenía el vecindario con los valiosos remedios prescritos por el doctor, por este motivo, que no por otro, la comunidad solicitó al señor alcalde que erigiese un pedestal con la estatua de don Gregorio y lo colocase en lugar visible de la plaza.
El alcalde, colega de profesión de don Gregorio, era hombre tan desconocedor de los saberes propios de su oficio que rara vez le permitían hacer un diagnóstico certero, lo que le llevaba a prescribir tratamientos tan desacertados que, en algunas ocasiones, su aplicación resultaba más dañina al paciente que la propia enfermedad. Sin embargo, sería injusto silenciar que era tan buen alcalde como mal médico, lo que dice mucho a su favor como regidor municipal. Sin embargo, el señor alcalde, movido quizá por el resquemor que le ocasionaba los éxitos profesionales de su colega, despedía a los peticionarios con muy buenas palabras y fijaba una fecha alejada para la ejecución de la obra, pero cuando esta se acercaba, era desplazada a otra aún más lejana. Hubo tantas prórrogas que, cuando el potencial homenajeado abandonó este mundo, aún no existía ni en papel el proyecto de tan ansiado monumento.
Un tiempo llevaba ya nuestro protagonista es en aquellos espacios etéreos  cuando, por azar, supo que había sido inaugurado el monumento a él dedicado. Picado por la curiosidad más que por la vanidad, solicitó autorización para regresar de aquellos confines.
Llegó don Gregorio a la plaza, se acercó al monumento y leyó, grabado en el pedestal, su nombre junto a una lisonjera leyenda dedicada a su persona. Después observó la estatua y comprobó, con gran desconcierto, que el rostro no era el suyo, sino el del alcalde. Sin embargo, la figura del aparecido mayor turbación y rubor provocó en la estatua que, con gran sofoco, se bajó del pedestal y huyó de la plaza sin que hasta ahora nadie la haya vuelto a ver, pero en aquellos tiempos hasta las esculturas se avergonzaban...


lunes, 1 de junio de 2015

Lázaro de Tormes y otros "pícaros" de la modernidad I y II


El escrito de hoy versará sobre la novela picaresca titulada Vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, obra anónima publicada en el año 1554. En él intentaré establecer un paralelismo entre la figura del protagonista y el perfil de aquellos otros pícaros que tanto abundan en nuestro tiempo.
A lo largo de  mi vida, más de una vez me acerqué a los siete tratados de dispar extensión que componen la obra, pues, además de procurarme gran entretenimiento y diversión, nunca me separé de ellos sin haberme llevado valiosos conocimientos sobre la condición humana, ya que su lectura me mostró comportamientos de los que saqué aleccionadoras y provechosas enseñanzas.
Comencemos, pues, y comparemos a nuestro protagonista con algún pícaro de la modernidad, aunque prefiero que sea el lector el encargado de escoger a este último, pues seguro estoy de que no hallará dificultad para tal menester, por ser muchos los que prosperan en todos los ámbitos de nuestra sociedad.
El protagonista de nuestra novela es un desventurado llamado Lázaro, hijo de padres sin honra, natural de Tejares (aldea salmantina a orillas del río Tormes), el cual cuenta  en primera persona su vida miserable desde que nació hasta que se casó en Toledo, de manera poco honorable, con la criada de un arcipreste. Su existencia está llena de privaciones, hambre, egoísmos, explotación, engaños, burlas. A causa de su origen, es persona sin oficio ni beneficio, sin caudales, sin letras. Será criado de muchos amos: sucesivamente servirá a un ciego, a un clérigo, a un escudero… Su vida será con los distintos amos una constante pelea por algo tan viejo como la vida misma: el hambre. Ella será el motivo que impulsará sus acciones, será la musa que inspirará sus mentiras, sus tretas, sus engaños y, en definitiva, todos sus actos. Los amos a los que sirve son sus antagonistas que, mediante sus comportamientos, obstaculizan los propósitos y acciones de Lázaro encaminados a buscarse los medios para subsistir. Sus picardías son raterías de poca monta, todas ellas dirigidas a procurarse el sustento.
En  cambio, algunos de los pícaros modernos son  hijos de padres respetables, no han sufrido explotación, ni hambres, ni privaciones. Más bien todo lo contrario: de poco o nada han carecido y han llevado una vida confortable y llena de comodidades. Debido a su origen son personas de letras, con empleo, con posibles, con oficio. Dada su situación social, estos pícaros de la modernidad actúan movidos por motivaciones bien diferentes a las de Lázaro. La musa que guía sus acciones no es el hambre, sino un afán desmesurado por obtener riquezas para atesorarlas: la codicia. Se valen de sutiles estratagemas para  obtener provecho engañando a los demás y, de esta manera, agasajar y contentar a su musa.
Ya hemos visto cómo Lázaro desde niño tiene que servir a muchos amos con los que no consigue quitarse el hambre de encima; algunos pícaros de ahora, aunque resulte paradójico por el rango que ocupan en la sociedad, también son servidores, aunque de amos bien distintos: el amo al que todos ellos sirven es el dinero, su auténtico dueño y señor, y que en forma de presente ofrendan a su musa, la codicia, para complacerla y aplacarla.
La sociedad, conocedora de la calamitosa vida de Lázaro, el menguado botín obtenido con sus pillerías y, sobre todo, las razones que impulsan su comportamiento, no lo considera un delincuente y no insta a la justicia a que persiga sus fechorías. Es más, en muchos casos, sus víctimas suelen ser amos que lo explotan y lo tratan de forma despreciable, lo cual despierta cierta comprensión y hasta benevolencia para con él. En cambio, sus homólogos contemporáneos, sin escrúpulo ni miramiento alguno, engañan utilizando refinadas prácticas carentes de ética y moralidad. Como muchos son los perjudicados y cuantioso el importe de sus desmanes, grande es  el desprecio que promueven en la ciudadanía. A diferencia de Lázaro, que no constituye una amenaza para la sociedad, nuestros pícaros se han ganado el repudio y el rechazo de la misma, que urge a la justicia para que los persiga y condene por sus delitos, aunque dicho propósito diste mucho de verse cumplido.
La forma en que se nos revelan sus fechorías es bien diferente. Lázaro, sabedor de la insignificancia de sus trastadas, nos las cuenta él mismo; los otros, conocedores de la trascendencia de sus desmanes, callan.  Su privilegiada posición social hace que se consideren invulnerables pero, a veces, llega el momento en que lo oculto deja de serlo y su invulnerabilidad vulnerada, entonces negarán con tesón lo evidente.
Por último, ambos mudan de condición,  aunque de manera muy distinta. Lázaro consigue el cargo de pregonero gracias al arcipreste de la iglesia toledana de San Salvador, quien además le ofrece una casa y la oportunidad de casarse con una de sus criadas, con la finalidad de disipar los rumores que se ciernen sobre él, ya que era acusado de mantener una relación con ella. Sin embargo, tras la boda los rumores no desaparecen y Lázaro comienza a ser objeto de burla por parte del pueblo. Lázaro pierde su honorabilidad para convertirse en pregonero porque, por fin, este empleo lo va a liberar de las zarpas de su fiel e inseparable compañera: el hambre. Sus homólogos también sacrificarán su reputación y prestigio por convertirse en amos de lo que dueño ya tenía y, con las rentas de semejante negocio,  llevar una vida aún más próspera y regalada.
Aquí detengo estas divagaciones, no porque se hayan agotado, sino porque este artículo quebranta ya la norma que tanto elogia la importancia de la concisión...
 
 

sábado, 9 de mayo de 2015

Visita imprevista



Una tarde del pasado mes de abril, transitaba con mi viejo Ford por una sinuosa carretera cuando, al culminar una subida, divisé sobre una loma un pintoresco pueblecito en el que un puñado de casas blancas se apiñaba en torno a una enorme iglesia. Cuando llegué a él, abandoné la carretera, estacioné el vehículo y me adentré por sus calles.
Con intención de sonsacar alguna información a los lugareños, entré en un bar a tomar un café, pero comprobé, con cierta desilusión, que el único parroquiano era yo. El camarero, un chico joven, se aplicaba con entusiasmo y abnegación a manipular un impecable móvil. Más interesado en su faena que en contestar a las preguntas del “intruso”, comprendí al momento que no era aquel el sitio que mejor se ajustaba a mis propósitos.
Proseguí mi camino y llegué a una calle cercana a la iglesia, donde pegué la hebra con un señor que, además de excelente conversador, demostró ser persona instruida en saberes muy beneficiosos para el negocio que yo llevaba. Me dijo que el majestuoso templo fue mandado construir siglos atrás por una familia de posibles que vivió en el pueblo, algunos de cuyos miembros habían desempeñado importantes cargos políticos. También me comentó que había otra iglesia debajo de aquella que teníamos delante y, además, me dio todo tipo de indicaciones para que mi visita resultase provechosa.
Me despedí afectuosamente de mi interlocutor y continué el periplo. Bajé una pronunciada pendiente y llegué a un frondoso cementerio adosado a una de las paredes del templo, en ella vi la entrada que da acceso a la “otra iglesia” que, en realidad, es un panteón situado debajo de la iglesia principal, donde están inhumados algunos miembros de la familia que sufragó la monumental edificación.
Crucé el cementerio y me dirigí a la entrada de la cripta, como la puerta estaba abierta, pasé directamente al interior, donde una grisácea e inquietante penumbra lo envolvía todo. Mientras recorría el silencioso y solitario recinto rodeado de tumbas, imágenes y altares, pensé que, al parecer, es cualidad inherente a la condición humana procurar situarse junto a los poderosos, pero no solo en la vida terrenal, sino también en la celestial. Digo esto porque desde siempre los lugares más “codiciados” de los cementerios han sido los situados más próximos a la iglesia y los ubicados en su interior.
Concluida la visita, y siguiendo las meritorias directrices del magnífico informador, encaminé mis pasos al lugar, donde siglos atrás, estuvo instalada una fabrica de naipes, que poseyó el monopolio de este producto carteril para su venta en las colonias americanas. En la actualidad, el lugar lo ocupan varias viviendas particulares. Seguro estoy que muchas y sabrosas historias deben circular por ultramar donde las barajas, aquí fabricadas, tuvieron un destacado protagonismo.
Como era ya algo tarde, me dirigí a recoger el coche, no sin antes prometerme volver en otra ocasión, ya que todavía no había visto la iglesia de los vivos, pues es probable que su visita incluso me pudiera dar para escribir otra entrada en el blog, quién sabe…