miércoles, 26 de septiembre de 2012

Invitado virtual




No ha mucho tiempo, un antiguo vecino, al que llevaba largo tiempo sin ver, me invitó a su nueva casa. Al principio, intenté eludir su propuesta, pero insistió tanto que hubiese sido desconsiderado rechazarla. Así que, el día convenido, acudí a la cita. Cuando llegué, un nutrido grupo de invitados departía en torno a unas mesas ataviadas con un generoso y selecto surtido vianderil. Exquisitas provisiones y una charla distendida contribuyeron a que a que la velada fuese reparadora y, al mismo tiempo, entretenida.  A una hora discreta quise retirarme, pero los anfitriones me retuvieron con la excusa de que una grata sorpresa nos esperaba. Este invitado, que recela de las sorpresas y mucho más cuando le dicen que son gratas, intuyó que algún funesto acontecimiento se avecinaba. Y no se equivocó: la anfitriona nos amenazó con la proyección del reportaje de boda de su hija. Pensé, iluso de mí, que el documental duraría a lo sumo una hora, pero erré estrepitosamente mis cálculos: durante casi tres horas desfilaron ante mi vista: novios, padrinos, invitados, camareros, platos…Mi exvecino y su señora, como buenos anfitriones, iban explicando todo aquello que nuestros ojos veían: cargo o profesión de los invitados de más alcurnia, esclarecimiento de los estrafalarios nombres de algunos platos, peso y dimensiones de la gigantesca y desgarbada tarta, marcas de vinos y licores, etc. Concluida la proyección, mi exvecino, con gran amabilidad, me pidió el parecer sobre el acontecimiento visto, y yo, con no poco disgusto, se lo tuve que dar, pero la cortesía me obligó a decir justo lo contrario de lo que pensaba. Este, halagado con mis hipócritas alabanzas, me invitó a una próxima velada en la que podríamos disfrutar de un magnífico reportaje sobre el viaje de novios. Sin saber muy bien qué contestar, me despedí dándole las gracias y renegando de mis lisonjeras y farisaicas palabras…