jueves, 15 de julio de 2010

La merienda

Por aquellas fechas Pablito tendría unos diez años y vivía en Madrid, al comienzo de cada verano su madre y él aparecían por el pueblo acompañados de una corte de sirvientas. La casa de su abuela, donde se alojaban, tenía un inmenso huerto surcado por numerosos senderos y acequias. Después de la siesta, Mariano, Curro, Antonio y yo nos reuníamos con él para jugar en aquel paraíso: corríamos por las veredas, chapoteábamos en las regueras o, a veces, trepábamos a los árboles; mientras nos aplicábamos a la escalaba arborícola, Pablito, poco avezado en acrobacias simiescas, nos observaba con una mirada mezcla de envidia y admiración.
Alrededor de las seis una sirvienta le traía la merienda, casi siempre un buen trozo de bizcocho espolvoreado con azúcar y canela. A Curro no le faltaban ganas de hincar el diente a tan apetitoso bocado, aunque no sabía cómo llevar a cabo tal empresa sin que su dignidad sufriese menoscabo alguno.
Un día que íbamos a cruzar una acequia, propuso a Pablito subirlo a cuestas para que no se mojase. Nos extrañó este arranque de altruismo, pues Curro era poco dado a esfuerzos y sacrificios. Tres o cuatro veces se volvió a repetir la generosa acción y Pablito le tomó querencia a estos paseos ecuestres.
A los pocos días, Curro hizo coincidir la clase de equitación con la hora de la merienda: cuando el jinete montó a la grupa del corcel, al pasarle los brazos sobre los hombros, el bizcocho vino a caer justo delante de la boca del niño caballo. Pocos pasos había dado el rocín cuando el caballero fue desposeído de una buena porción del sustento que en la mano llevaba. Pero ya era tarde: en Pablito se había despertado el espíritu caballeresco y paseos hubo durante casi todo el verano; eso sí, a partir de entonces, cabalgada y merienda siempre galoparon juntas.
Días hubo en que el afán por una cabalgada más duradera, Pablito, para alegría de su madre y de su rocín, pidió una segunda merienda, que en buena parte fue embaulada por su cabalgadura. De esta manera, Curro consiguió como caballo lo que no había logrado como caballero.

Una tarde la madre de Pablito y una amiga estaban sentadas en un banco de piedra a la sombra de un árbol, al pasar oí que decían:
-Desde que estamos aquí lo bien que come Pablito, muchos días merienda dos veces.
-Es que nada hay tan saludable como los aires del pueblo para despertar el apetito- comentó su amiga.
Y también los paseos a caballo- pensé yo.

6 comentarios:

  1. Me gustó mucho el relato. Hasta el detalle más sencillo entraña la posibilidad de ser convertido en un relato por el buen observador, diestro en la expresión. A los demás nos queda el placer de leeros, que no es poco.

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  2. Ja, ja, ja. Extraordinario. Destaco dos pasajes geniales: "... en Pablito se había despertado el espíritu caballeresco y paseos hubo durante casi todo el verano; eso sí, a partir de entonces, cabalgada y merienda siempre galoparon juntas."

    "De esta manera, Curro consiguió como caballo lo que no había logrado como caballero."

    Enhorabuena.

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  3. Deliciosa historia.
    Si un obstáculo ciera un camino, hay que continuar por otro. Curro elaboró una estrategia, que le permitió conseguir su objetivo, sin dañar su amor propio.

    Saludos.

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  4. Bonito relato. Gracias por esta interesante y reflexiva historia. Un cordial saludo

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  5. Genial relato...cada cual ha buscado su bienestar y lo han conseguido, jeje...encantadores niños...

    Muaks.

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  6. Bien por Pablito, pero mejor por Curro. Cuando los recuerdos infantiles afloran en nuestra memoria , solemos reirnos de nuestras travesuras.
    Muy buen relato.

    Alejandro

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